Todos venimos al mundo con la obsesión de lo imposible. Y cuando tomamos conciencia de que el imposible es eso: un imposible, ya es tarde para refugiarnos en la sensatez.
Todos queremos lo que no se puede, somos fanáticos de lo prohibido. Algunos lo llama utopía, pero la utopía es más seductora. No tiene puertas cerradas como lo prohibido. No nos desprecia como lo prohibido.
A veces lo imposible lo llevamos en el ánimo, y éste no es capaz de dar el salto sobre lo prohibido. Y si como excepción alguien se anima a dar el salto, se encontrará con que lo prohibido es un abismo.
Y entonces chau.

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